Ficha técnica

Intérprete: Gabriel Fernández

Área sonora: Cecilia Lopez - Manuel Sahores
Fotografía: Tatiana Sandoval
Diseño grafico: Santiago Franzani
Prensa: Claudia Mac Auliffe
Área visual: Alejandro Le Roux – Ana Laura Urso – Julio Molina
Iluminación: Alejandro Le Roux
Asistente escenográfico: Mario Alfano
Asistente de dirección: Ana Laura Urso

Dramaturgia y puesta en escena: Julio Molina


Histórico de funciones

2009 Estreno Teatro La carbonera

2010 Teatro Del pueblo
Teatro Delborde
Festrival Internacional de unipersonales del Uruguay
(FITUU)

2011 Espacio Templum

El texto de La imagen fue un fusil llorando se genera a partir de “He visto morir” de Arlt; en donde Roberto Arlt, al haber observado como cronista el fusilamiento de Severino Di Giovani, escribe relatando y describiendo todo el hecho.

En “La imagen fue un fusil llorando” partimos de la observación del fusilamiento como situación dramática, la imposibilidad de regreso a la cotidianeidad a partir de haber visto.

Un reportero, ficción de Roberto Arlt, en un “no poder mirar más”, con los ojos enfermos, reteniendo para sí lo que éstos contemplaron.

Duración 50 minutos

sábado, 2 de abril de 2011





"He visto morir" de Roberto Arlt

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de Culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía.

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
<<...de acuerdo a las disposiciones... por violación del bando... ley número...>>
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
<<...artículo número...ley de estado de sitio... superior tribunal... visto... pásese al superior tribunal... de guerra, tropa y suboficiales...>>
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
<<...estamos probando... apercíbase al teniente... Rizzo Patrón, vocales... tenientes coroneles... bando... dése copia... fija número...>>
Di giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
<<...Dése vista al ministro de Guerra... sea fusilado... firmado, secretario...>>

Habla el Reo.

-Quisiera pedirle perdón al teniente defensor...
Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
-Venda no.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
-Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
-¡Viva la anarquía!
-¡Fuego!

Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto.

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzales Tuñón, de Crítica y Gómez, de el Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
-Está prohibido reírse.
-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

viernes, 1 de abril de 2011




“QUERER, querer, querer debe ser nuestro lema
en este momento de dolor.
Con este grito iniciamos
la más tormentosa de las agitaciones…
QUERER, QUERER, QUERER a toda costa,
con toda la fuerza, hasta el agotamiento…
Miles y miles de ojos de madres, de hermanas,
de esposas,
miles y miles de estremecidos corazones
de artífices del trabajo,
de científicos, de poetas del dolor y de la revolución…
¡ACTUAR, ACTUAR, ACTUAR, como el rayo,
fuerte como el ciclón,
potente como un cataclismo!.
Sin tardar más, como rabiosos, como locos”



Severino Di Giovanni
Fragmentos revista Culmine, nº9



Roberto Arlt

Novelista, dramaturgo, cuentista, periodista e inventor, su primera novela, El juguete rabioso (1926) apareció fragmentada en la revista Proa, fundada por el grupo literario encabezado por Jorge Luis Borges.
Por entonces comenzó también a escribir para los diarios Crítica y El Mundo, donde diariamente publicó sus célebres columnas Aguafuertes porteñas. En 1935 viajó a España y Africa enviado por El Mundo, y desde el extranjero compuso la serie de artículos titulada Aguafuertes españolas.
Además de su actividad como escritor, Arlt buscó hacerse rico como inventor, pero no tuvo éxito.


Conoció el comunismo de la mano de León Trotsky y Karl Marx y se deslumbró con autores como Charles Baudelaire, Fedor Dostoievski y Franz Kafka.
La obra de Arlt muestra la oscuridad del ser humano y describe sus bajezas y grandezas.
Escribió otras tres novelas, Los siete locos (Premio Municipal de Novela de 1929), Los lanzallamas (1931) y El Amor Brujo (1932); y cuentos memorables como El jorobadito (1933) y El Criador de Gorilas (1941).
Arlt dedica gran parte de sus últimos años a escribir obras de teatro que son estrenadas en el Teatro del Pueblo, del escritor Leónidas Barletta. Arlt escribe y estrena 300 Millones (1932), Saverio el Cruel (1936), El Fabricante de Fantasmas (1936) y La Isla desierta (1937).


Su muerte fue "expresionista" como su vida:
El féretro en el que se encontraba su cadáver
debió ser bajado desde el apartamento en el que estaba por una grúa.


Severino di Giovanni


Fue fusilado el 1º de febrero de 1931, por la dictadura de Uriburu, lo consideraron el "hombre más maligno que pisó tierra argentina", se ocultó lo esencial de su personalidad (por ser un representante de la violencia de abajo, de esa que la alta sociedad no tolera ni perdona).


Creía en el derecho a matar al opresor y tenía un fundamento ideológico para sus actos, llevó a cabo atentados con bombas y raids de asaltos revolucionarios. Pero también era un hombre de ideas, un autodidacta, un escritor y periodista excepcional, un camarada solidario y un militante anarquista apasionado.
Creía en una sociedad ordenada, justa e igualitaria, con el respeto al individuo como tal.


Vivió un amor prohibido para la época (con una adolescente de ojos negros llamada América Scarfó); cuando Severino di Giovanni, no podía verla le mandaba hasta tres cartas diarias, el 17 de agosto de 1928 le escribió: "Amiga mía, tengo fiebre en todo mi cuerpo, tu contacto me ha atestado con todas las dulzuras, jamás como en estos días, he ido bebiendo los elixires de la vida".


De esta época escribió de propio puño:"Vivir en monotonía las horas mohosas, de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y huesos. A la vida es necesaria brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente".


Una vez detenido, cuando se entrevistó con su abogado, Severino le aclaró que como buen cristiano no pensaba mentir: "jugué y perdí, como buen perdedor pago con la vida" le dijo.


Una muchedumbre se agolpó en las puertas de la prisión para escuchar las descargas de fusilamiento, como si fuera una función teatral, algunos periodistas y encumbrados personajes pudieron presenciar la ejecución, ocho descargas le perforaron el pecho sobre la camisa blanca.


Al atardecer, un aullido desgarró el crepúsculo (eran los presos despidiendo al compañero), el cuerpo fue trasladado al cementerio del barrio de Chacarita, durante la noche América Scarfó encendió una bandera negra. La tumba de Severino amaneció cubierta de cenizas y rosas rojas...